La psicología ocupa hoy un lugar central en el discurso del bienestar. Ir a terapia se volvió una recomendación habitual, casi automática. Y si bien esto habla de un avance —reconocer la importancia de la salud mental— también abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿desde qué lugar vamos a terapia?
Porque no es lo mismo buscar acompañamiento que delegar el propio criterio. No es lo mismo trabajar sobre uno mismo que aprender a obedecer mejor.
En Nutriva creemos profundamente en el valor de la psicología. Pero también sostenemos algo irrenunciable: nadie puede vivir por nosotros. La terapia no debería reemplazar la escucha interna, sino entrenarla.
La terapia no es obediencia
Un proceso terapéutico sano no convierte al profesional en una figura incuestionable ni al paciente en un receptor pasivo de interpretaciones. Cuando eso ocurre, la terapia pierde su potencia transformadora.
El psicólogo aporta marco, método, preguntas, mirada externa. Pero no habita tu cuerpo, no vive tus ritmos, no siente tus contradicciones cotidianas. La experiencia es tuya.
Cuando una persona empieza a postergar decisiones, emociones o acciones hasta “ver qué dice el psicólogo”, algo se desplaza peligrosamente: la autoridad interna se externaliza.
Nietzsche lo dijo con una claridad brutal:
“El que no se escucha a sí mismo, solo puede obedecer.”
La terapia debería ayudarnos a escucharnos mejor, no a silenciarnos con explicaciones ajenas.
Los profesionales también son humanos
Existe una idealización silenciosa del terapeuta como figura neutral, objetiva, casi infalible. Pero los psicólogos son personas: con historia, creencias, cansancio, puntos ciegos y límites.
Esto no invalida su formación ni su rol, pero sí exige una relación adulta con el proceso.
Un vínculo terapéutico sano admite el desacuerdo, la incomodidad, la pregunta. No castiga la intuición del consultante ni invalida su percepción corporal o emocional.
Si algo no resuena, si una interpretación no encaja, si el cuerpo dice “no”, eso no es resistencia: es información.
Escucharse no es oponerse a la terapia. Es participar activamente de ella.
La importancia de la presencialidad
En los últimos años, la virtualidad se volvió norma. Y si bien puede ser una herramienta útil en determinados contextos, no es neutra. La terapia no ocurre solo en la palabra: ocurre en el cuerpo, en los silencios, en la respiración compartida, en la mirada, en la energía del encuentro.
La presencialidad permite algo que ninguna pantalla puede reemplazar: la experiencia del cuerpo en vínculo.
El cuerpo regula en presencia de otro cuerpo. El sistema nervioso se acomoda en la cercanía real. Las microexpresiones, las pausas, los gestos involuntarios, el clima emocional del espacio… todo eso también es terapia.
Cuando el proceso se vuelve exclusivamente virtual, existe el riesgo de intelectualizar la experiencia, de hablar sobre lo que sentimos sin realmente sentirlo. La presencialidad devuelve anclaje, realidad, límite. Devuelve cuerpo.
La terapia, para ser profunda, necesita presencia.
El riesgo de externalizar la brújula interna
Uno de los mayores peligros de ciertos abordajes psicológicos es que, sin notarlo, la persona empiece a vivir desde el criterio del otro.
“Esto no lo hago hasta hablarlo en sesión.”
“Capaz está mal sentir esto.”
“Mi psicólogo dice que…”
Cuando la brújula interna se apaga, el bienestar se vuelve frágil. Porque si no nos escuchamos, solo podemos obedecer. Y la obediencia no sana: adormece.
La psicología debería ayudarnos a recuperar criterio, no a suspenderlo.
Terapia y tiempos propios
Cada proceso tiene su ritmo, pero ese ritmo no puede ser impuesto desde afuera. Permanecer en terapia por miedo, dependencia o inercia también es una forma de evitación.
No todo se resuelve analizándolo eternamente.
A veces, el crecimiento ocurre cuando confiamos en que ya contamos con herramientas suficientes.
Saber cuándo continuar, cuándo cambiar de enfoque, cuándo pausar o cuándo cerrar un proceso terapéutico también es salud mental.
La terapia no debería ser un lugar sin fin, sino un espacio que habilita autonomía.
Psicología integrada: mente, cuerpo y experiencia
Desde una mirada integral, el bienestar psicológico no se juega solo en la palabra. Se construye también en el cuerpo, en el descanso, en la alimentación, en el movimiento, en la coherencia entre lo que sentimos y lo que hacemos.
Una terapia que no contempla el cuerpo queda incompleta.
Y una persona que no se escucha a sí misma, aunque esté en terapia, sigue desconectada.
Una invitación final
La psicología es una aliada poderosa cuando se la habita con conciencia. Ir a terapia no es buscar que alguien nos diga qué hacer, sino aprender a preguntarnos mejor.
Reconocer patrones.
Entender emociones.
Hacernos cargo de nuestras decisiones.
El objetivo no es obedecer mejor.
Es escucharnos mejor.
Porque solo desde esa escucha profunda podemos construir bienestar real, autonomía emocional y una vida vivida desde adentro hacia afuera.

